[Ejercicio #2]. Leamos(nos), parte II

11.09.2021

Fragmento del cuento «La tejedora del tiempo», de Javier Cerda.

         «Ya cansado de estar de pie, Víctor toma asiento. Cruje la silla, cruje la espalda: la vieja silla tiene casi tantos años como el artesano que en este preciso momento soporta. El viejo mimbrero continúa con su trabajo manejando las largas huiras a discreción, de un lado para otro, con habilidad y propiedad, con dominio envidiable. «La práctica hace al mimbrero», solía inculcarle a su hija, aunque en ella las huiras entraban por una oreja y salían por la otra. Asimismo, su única nieta tampoco se vio jamás entusiasmada con su arte, desde pequeña prefirió gastar el tiempo en otros asuntos, «más interesantes», decía ella. A pesar del dolor que estas reminiscencias causaban al hombre que ahora vemos sentado en su silla, su concentración no se escapaba nunca a ningún lado, se quedaba siempre con él; y es que se vuelve necesario terminar el trabajo, la familia tiene que comer.

           »Angelita mira desde su cuna de mimbre al bisabuelo. El compás de su trabajo resulta hipnotizante para ella: vuelta hacia fuera, vuelta hacia adentro, giro y doblez; luego, con la ayuda de unas tijeras corta las varillas una a una –tic, tic, tic, tic, tic– y comienzan a desperdigarse y a estallar contra el suelo –tac, tac, tac, tac, tac–. Víctor repite el proceso y Angelita repite la sorpresa: se suspende la respiración de la niña, su hambre voraz de mediatarde desaparece, los cinco cachorritos dejan de ser tan atractivos, y los colores y formas de la tele pierden gracia. El trabajo del hombre calma y entretiene a la pequeña, que se mece en su cuna, cómoda, junto al fuego, junto al viejo.

        »El efecto en Víctor es distinto: la agitación mental que hilvana su consciencia se transforma, gracias al trabajo, en otra cosa. El confuso ovillo de sus pensamientos se va desenredando en la medida que el entramado de mimbre va adquiriendo forma; los problemas se deshacen y en su lugar, se queda con productos concretos: un servilletero, una chupalla, la envoltura de una chuica... El trabajo por fin ya está terminado. Entonces y solo entonces, queda tiempo para escuchar lo que viene de afuera, para desatender lo que brota de adentro. Queltehues graznando al término del día, sufriendo porque el sol se apaga y los enceguece, sufriendo porque las demás estrellas son insuficientes para sobrevivir.

            »Está cansado de fabricar canastos, lámparas, estantes y sillas. Llegó el tiempo de crear, de gastar-se las fichas que le quedan, de volver jóvenes esas palmas llenas de surcos, de distraer a la muerte. Entonces, prefigura una escultura, un esbelto reloj de arena de mimbre puesto en una de las esquinas de la plaza de Limache, en algún lugar que quede a la vista de Gabriela Mistral; se imagina entregándole un poco de entretención a la poeta profesora, para que no olvide que el tiempo se fuga como se fuga el aire entre las huiras entretejidas; aviso para toda persona que camine por ahí de que las apariencias engañan, que el tiempo no pasa sino que las personas somos las que pasamos. Un recordatorio de que el tiempo no fluye, de que nosotros somos los acuosos, de que es la sangre la que se escurre por dentro del cuerpo tomando decisiones a cada rato, tanteando las bifurcaciones que se le presentan al andar, tal y como el tiempo nos obliga a lo mismo.

           »Tal vez Víctor quiere crear porque sabe que ya nadie va a continuar su oficio, que en esta carrera contra la vejez no tiene a quien pasarle el relevo, que lo único que le queda es lanzar un reloj de arena al mar del tiempo...»    

Limache, septiembre de 2020

Universidad Alberto Hurtado
Literatura Contemporánea
2º semestre de 2021
Profesora: Elena Águila
Ayudante: Genaro Renconret
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